 “A mí se me hace cuento que nació Buenos Aires; la juzgo tan eterna, como el agua o el aire...” Jorge Luis Borges
Hubo una vez un loco al que se le ocurrió soñar una ciudad en donde se iba acabando el Mundo. Y se empeñó en fundarla en aquel lugar, que quedaba absolutamente alejado de todo; hasta parecía que Dios lo había olvidado en el proceso de creación de la Tierra; ya que no se había esforzado en darle ninguna característica especial a su geografía. Aquel paraje no tenía montañas, ni lagos, ni inmensos bosques verdes que lo asemejaran a ningún paraíso conocido; el lugar era apenas un fangoso suelo, siempre humedecido por un río turbio color rojizo; ni siquiera era capaz de poseer aguas cristalinas... Santa María de los Buenos Ayres parecía estar predestinada a no existir, ya que tuvo que ser fundada dos veces. Nada resultaba interesante por aquellos lares; no había promesas de piedras preciosas, ni ninguna mítica El Dorado cerca. Era apenas una pequeña aldea, que serviría de reposo a aquellos que se llevaban a España los metales preciosos de lugares sí importantes como el Alto Perú. Qué buena suerte parecía ser esa, estar a orillas del Río por el que saldría la Plata... Poco a poco, el caserío pasó a ser un poblado. El hogar ideal para traficantes y fugitivos; aquellos que huían de las coronas española, francesa o inglesa hallaban en aquel sitio perdido un buen paraje para esconderse y donde difícilmente serían encontrados. ¿Quién querría buscarlos en donde no había nada? Pero de aquella mezcla de Sinvergüenzas y de notables Dones Nadie salieron los primeros que se atrevieron a soñarla importante, a imaginarla grande. Fue líder del movimiento independentista en el recóndito Cono Sur y más tarde, ya en su adolescencia de pequeña ciudad, se convirtió en la cabeza de una nueva Nación. Nación que tomaría su nombre de aquel Río pantanoso por el que pasaba la preciada carga: el Argentum — Plata, pero en Latín.
Y como siempre, el gran empuje lo dio el puerto; tan importante fue, que hasta sus habitantes serían conocidos en el mundo todo como “Porteños”. Es que los barcos ya no partían hacia el Viejo Continente con cargas traídas de lejanos países; la Nueva Tierra había encontrado su propia riqueza. Se rumoreaba que en el patio de atrás parecía que estaba construyéndose “el granero del mundo”. Entonces, las embarcaciones que llegaban a sus costas se fueron convirtiendo en más y más grandes; y en ellas fue que llegaron los primeros inmigrantes, verdaderos fundadores de mi ciudad querida. Las promesas de riqueza y futuro esplendoroso, hicieron que el Mundo notara su existencia, y fueran una esperanzadora tentación para millones de italianos, españoles, judíos, alemanes y un sinfín de pueblos empobrecidos, que a medida que iban llegando, y sin quererlo siquiera, fueron transformando su fisonomía, sus costumbres y hasta su modo particular de pronunciar el castellano.
Fue entonces que quiso olvidar su pasado de barro y llamó a los grandes arquitectos y paisajistas del mundo para que la glorificaran y para que le diseñaran modelos exclusivos según dictaba la última moda; ya no quería permanecer en silencio. Ya no quería pasar inadvertida. Descaradamente se vistió de lujosos palacios y anchas avenidas; se emperifolló con verdes parques y con gloriosas costaneras. Hasta quiso soñarse en otro continente...
Pero la melancolía de la Pampa solitaria en la que había nacido no quiso partir cuando los gauchos dejaron de cabalgar por sus calles; por el contrario, ella se hizo más profunda con la tristeza de esos inmigrantes que nunca dejarían de añorar sus tierras.
Y así, la ciudad predestinada a nunca existir, comenzó a forjar su propia identidad.
En la periferia, el suburbio, el arrabal; fue parida Buenos Aires. Entre peleas de malevos y prostitutas importadas; los que habían recorrido miles de kilómetros para amontonarse en las míseras piezas de los conventillos del Sur, no estaban dispuestos a renunciar a la cultura y costumbres que traían consigo; así como no habían renunciado a sus sueños al embarcarse hacia lo desconocido. Entonces, sus calles y sus esquinas jugaron a ser Génova y Madrid y París... Pero por más que lo intentara, iba siendo cada vez más ella misma y no esas otras; ciudades distantes. Y aunque de esos hijos adoptivos que un día llegaron para nunca partir; nacimos los primeros hijos naturales de la pujante Ciudad, nosotros también crecimos mirando hacia el otro lado del mar, añorando lo que no se tenía. Es que Ella, hija guacha, casi ilegítima, sentía la necesidad dolorosa y desesperante de ser aceptada por Tierras con nombres llenos de historia, rebosantes de fama. Esa melancolía constante, fue grabándose en sus rincones, en sus piedras y en su aire. Podía oírse en los bandoneones que lloraban sus penas en las noches de los prostíbulos arrabaleros; allí donde todos se mezclaban sin importar si eran criollos, gallegos, turcos o rusos. Nada importante era de donde traían la tristeza; si desde la Tierra Adentro o desde algún Mar Foráneo. Para todos, el consuelo era el mismo: un poco de amor y dos piezas de baile, comprados por un par de míseros pesos. Y así, de a poco, las músicas traídas de la Vieja Europa y la heredada de los olvidados esclavos africanos, se fueron fusionando para dar lugar a una canción ciudadana, de notas propias; y, como sin quererlo, surgió un sonido único, con un tono inconfundible; era mezcla de lamento, sensualidad, pena, deseo, nostalgia y machismo. Y fue llamada: Tango. Blasfemo al comienzo y motivo de orgullo después; sin dudas, él sintetizaba el sentir y el modo de pensar de todo un pueblo. Y con los años se convertiría en el embajador de la esencia de mi Ciudad por el mundo. Él sería su Alma.
Es que Buenos Aires tiene: ese... que sé yo, ¿viste? Difícilmente, quién nunca ha estado en ella pueda imaginarla y ciertamente quién no la ha padecido, es incapaz de entenderla y mucho menos de amarla. A veces me preguntan, de ella, qué es lo que tanto extraño, pero aunque me esfuerce, resulta imposible de describir lo que siento. ¿Cómo reducís a simples palabras algo casi impalpable pero que se capta por todos y cada uno de tus sentidos? ¿Cómo explicás las tumultuosas tardes de la calle Florida; la orgullosa pobreza del popular La Boca; el pasado glorioso de los adoquines de San Telmo; o la impertinente presencia de los palacetes del Barrio Norte? Quien nunca lo ha visto con sus propios ojos, difícilmente pueda imaginar nuestras tardes de charlas interminables en los cafetines copiados de la usanza europea, pero que, al final de cuentas, se han convertido en una estampa típica de esta Ciudad. Es que si nunca oyó a dos porteños “arreglar el mundo” desde la mesa de un bar, explayando sus “conocimientos” en política, economía o deportes, no sabe lo que es un porteño. Mucho menos si aún no lo ha visto un domingo cualquiera ir o volver de la Bombonera o el Estadio Monumental vistiendo orgulloso la camiseta de Boca Juniors o de River Plate, según corresponda a su fanatismo, o un poco, quizá, a su nivel social. Si nunca ha caminado a las dos de la madrugada por la siempre despierta Av. Corrientes (la calle que se soñó Broadway) no puede anticipar lo que se siente al ver el Obelisco erguirse insolente entre los autos que vienen circulando por ella; o al observarlo desde la distancia, con su blanca figura rectilínea recortándose justo en el medio de la fabulosa Av. 9 de Julio; que no importa si es o no la más ancha del mundo, sin lugar a dudas es hipnotizante y única. Así como si no se tuvo oportunidad de oír un tango cantado por la voz quebrada de un viejo devenido a malevo en la afanosa caza de monedas de cualquier domingo en Plaza Dorrego, nunca se oyó un verdadero tango. Es que al escucharlo rodeado de antigüedades, farolitos y calles empedradas, mágicamente somos transportados al comienzo de todo.
Son tantas las cosas que no se pueden transmitir...
¿Cómo explicás la viveza criolla que se cuela en un tren, y se ahorra esa guita para apostar a los burros? ¿O la experiencia única que representa viajar en sus colectivos multicolores, nacidos de uno de los tantos tropiezos económicos del país que comanda? ¿O la nueva bohemia de un Palermo Viejo que, empeñado en no morir, ha logrado reinventarse a si mismo? ¿O el conquistador aroma que surge cada mañana de sus panaderías mientras elaboran las facturas, manjar infaltable de cualquier desayuno? ¿Y cómo hacés entender que el mismísimo Mate más que una infusión es una excusa para profundizar amistades?
Muchos de los que llegan a Buenos Aires por primera vez creen que todo se reduce a Gardel o Evita o el Ché, pero eso es solo el comienzo. La punta de un iceberg prácticamente infinito. Porque fue la ciudad y sus circunstancias que los hizo crecer hasta ser quienes fueron. Fue en el popular Abasto que el inmigrante francés soñó con cantarle al mundo; en la Estación de Retiro que la chica pobre recién llegada del interior se atrevió a querer ser la mujer más influyente de su época; y fue en su Facultad de Medicina que el joven “de familia bien” comenzó a planear sus viajes revolucionarios contra las injusticias de siempre. Pero, así como ellos, hubo miles de seres; unos menos anónimos que otros, que también fueron moldeando su idiosincrasia, su modo peculiar de enfrentar la vida. Cientos de artistas llenos de bohemia han deambulado siempre por sus noches, inundándolas de literatura, de teatro y de música. En un principio, todo se reducía al centro y allí fue que se vistió de gala con el majestuoso Teatro Colón; y, en esos rincones céntricos, Alfonsina escribió sus dolorosos poemas y Lola Mora esculpió sus anhelos de amor; ambas desafiando al machismo de antaño. Pero luego, esa corriente de vida fue expandiéndose hacia los “ciento un” barrios, otorgándole a cada uno su espíritu inconfundible. Y fue así, que Borges amó Palermo y le dedicó páginas y páginas a su simpleza y tranquilidad. Y Quinquela quiso que La Boca tuviera un toque único y enmarcó la herencia multicolor de los inmigrantes genoveses. Y Homero Mansi inmortalizó el barrio y la esquina de Boedo y San Juan, plasmándolos en la letra de sus tangos. También quisieron hacerse oír Flores, Belgrano, Caballito...
Es que cada rincón tiene cientos de historias para contar. Recoleta y su Cementerio, muestras claras de su opulencia y su gloria. La City, testigo de los vaivenes de una economía que no se deja dominar. Los barrios del Sur hoy reviven de a poco, escondiendo huellas de miserias y pestes. La Casa Rosada; el Cabildo; el Congreso... La Plaza de Mayo, escenario privilegiado de la historia desde su Génesis mismo; desde ser la plaza del Fuerte, pasando por la Revolución del 25 de Mayo; por las multitudes de “cabecitas negras” y “descamisados” que la llenaron para honrar sus tardes Peronistas; hasta llegar a los dolorosos reclamos por los desaparecidos en las abominables dictaduras militares.
“Mi Buenos Aires Querido, cuando yo te vuelva a ver no habrá más pena, ni olvido...” Carlos Gardel
Cuánto te extraño, Buenos Aires. Cuánto necesito volver a andar por tus calles. Ver nuevamente tu gris. Sentir tus lloviznas invernales helándome la piel. Qué profundo es el dolor de saberte lejos, pero cuán grande es la alegría cada vez que regreso. Es que para mí sos como mi Madre protectora, que un día de rebeldía decidí dejar atrás para salir a conquistar el mundo; y como todo hijo orgulloso soporto lo insoportable, para que no me veas volver vencido.
Como la mayoría de los que de tu vientre nacimos, yo no supe apreciarte, ni sabía lo que eras hasta que ya no te tuve. Como miles de mis hermanos, quise desandar el camino recorrido por nuestros abuelos y, de cierta manera, repetir su historia. Pero los tiempos han cambiado y ya no se parte para siempre; ni tampoco se encuentran Madres Adoptivas tan bien dispuestas como vos supiste ser.
Yo sé que siempre vas a tener los brazos abiertos para recibirme. Porque el amor de Madre no muere, como nunca morirá mi amor de Hijo. Porque cada vez que he vuelto y he partido nuevamente, he visto tu gesto de resignación pero también de comprensión. Y paradójicamente, en cada nuevo viaje, en cada nuevo suelo que piso, aprendo a amarte y a entenderte un poco más. Los Hijos siempre soñamos a nuestros padres perfectos y a medida que vamos creciendo comenzamos a notar sus defectos. Y no, no sos perfecta... Pero son tus imperfecciones lo que hoy más extraño. Porque la sangre pesa más que el agua, dicen; y como no podía ser de otra manera, veo en mi forma de ser y sentir, el resumen perfecto de lo que vos misma sos. No creerías si te cuento lo que más añoro. Porque son las cosas más simples, las más triviales; las que uno casi no nota, porque las realiza de un modo totalmente automático y sin prestarles demasiada atención. Extraño... tus mañanas frías tomado mate a sorbitos con facturas calientes, tus torta fritas caseras en las tardes de lluvia. Extraño tus plazas capaces de darme soledad para pensar en silencio. Extraño tus calles rectas extendiéndose hasta donde no alcanza la vista. Extraño tu modo particular de vivir la amistad. La excusa del café. Extraño tu vida cosmopolita “Open 24 hours”. Y tu capacidad de amar por igual a todos tus hijos, sin importar raza, religión, sexualidad o nivel social. Extraño tu aire eterno de Clase Media. Tu modo romántico de ver las cosas y tu ansiedad inmortal por superarte.
Hace poco tiempo alguien me dijo: “Sos un Tango” en alusión a mi espíritu artístico y melancólico. Haya sido cual fuera la intención de esa persona, no logró sino provocarme orgullo con su comentario; porque cuanto más uno ama a sus padres y sus orígenes, más quiere aproximarse a ellos. Y yo te amo tanto... aunque no te lo dije; esas vergüenzas tontas que tenemos los hijos.
Sé que el día que vuelva, te encontraré como siempre: esperando tranquila... Tal vez hagas de cuenta que no ha pasado nada; que apenas has notado mi ausencia en este tiempo y actuarás normalmente como si acabaras de verme; me ofrecerás alfajores y los amigos de siempre, es que como buena Madre conocés perfectamente mis debilidades. Y no harás ninguna pregunta para no incomodarme. Me mirarás en silencio mientras fingís hacer algo y desearás muy profundo que no vuelva a marcharme. Que te dé una caricia y te deje mimarme. Yo aprovecharé al máximo el tiempo que te tenga; disfrutaré tus rincones, sufriré con tus penas. Andaré por Lavalle, Santa Fe, Córdoba; Puerto Madero... Reiré de las “boludeces” que mis amigos me cuenten, con palabras lunfardas y picardía porteña. Caminaré despacio como si no existiera el tiempo y al detenerme en cada esquina reviviré algún momento. Saldré del subte en Corrientes a la altura de Florida e iré por la peatonal hasta donde termina. Allí está Plaza San Martín, de todas, mi preferida. La recorreré un poco como si no la conociera y bajo la sombra fresca del viejo Ombú, intentando ver la hora en La Torre de los Ingleses, me toparé con la Bandera, orgullosa, flameando. Celeste, Blanco, Celeste; mis colores sagrados. Detendré ese instante e intentaré guardarlo. Será nuestro secreto; otro fugaz secreto que tu historia irá olvidando.
Y caerá la noche, se encenderán los neones, los carteles, las luces. Tu gente linda seguirá despierta sin importar la hora. Comenzarás con los cines, los teatros, el Luna Park, los bares. Librerías abiertas; ciento un mil restauranes. Maxi-kioscos, boliches, canillitas y porteros te acompañarán como siempre en tus madrugadas de insomnio. Para mí será mucho, ya no te sigo el ritmo. Aunque tal vez lo intente la noche de algún sábado, para esperar los cañoncitos rellenos de dulce de leche y acompañarlos con unos “amargos” y el Clarín del domingo.
De solo pensar en eso se me alegra la vida... y estoy lejos, lo sé, pero volveré un día. Mientras tanto dejame que siga así, planificando nuestro reencuentro mágico. Dejame que sueñe... Hoy quiero soñar...
Me acostaré escuchando a Piazzolla tocar algún tango herido que me invite a volar. Quiero soñar que uno de tus gorriones se escapó de algún parque y ha venido a buscarme para llevarme hasta vos. Al llegar, ver la luna rodando por Callao; oír a ese piantao lindo cantándole al amor. Desde el cielo ver tu figura de gigante recostada a la vera de ese río rojizo de una sola orilla, jugando con tus pies en sus aguas de lama y tu cabellera despeinada por el Pampero que pasa. Quiero reír comparando tus comienzos de nada; de cuando eras de adobe, de madera y de paja.
Mirá adonde llegaste, a ser Reina del Plata. Aunque para mí seguís siendo la que siempre has sido, la de los inmigrantes que luchó en su camino. Y te llamaré como siempre:
Mi Buenos Aires querido...
Dedico estas palabras a mi Madre y, por supuesto, a esta hermosa Ciudad en que nací.
© 2003 - GASTOHN 
 | Che, no nos pongamos melancolicos... donde estas? Yo escribo desde Gienbra, Suiza. Saludos. |
 | Estoy viviendo bastante a disgusto en la caótica Rio de Janeiro... y vos q haces de tu vida?? |
 | Trabajo para la ONU.
Que haces en Rio (ciudade maravillosa...piripi pipipi piripi) si no te gusta? Laburo?
M. |
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 | No hay caso, no consigo resolver esa antinomia. Una relación de atracción y repulsión con la Bella del Plata... Hiciste una descripción impresionante de B.A. Y ella es así, realmente. Bella, sugestiva, llena de matices que ganó construyendo su historia... Pero, te diste cuenta que Argentina estaba ausente en todo tu parlamento? Sonrio, y confirmo. Hay Argentina, y hay Buenos Aires... qué dicotomía!
nota bene: nací en Tucumán... |
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