B.A. BUENOS AIRES (baires.multiply.com)

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La vida nocturna, las comidas, los bares, el clima y hasta los perros en la calle. Detalles que los vecinos que se fueron no encuentran por el mundo.

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Adriana Santagati.
asantagati@clarin.com


Sin los inmigrantes que llegaron a fines del siglo XIX y principios del XX, Buenos Aires habría sido otra ciudad. Décadas después, muchos de los hijos y nietos de aquellos que la hicieron grande fueron los que cambiaron barcos por aviones y emprendieron el camino inverso hacia el mundo. Sean cuales fueran las razones que los llevaron a emigrar, a todos les queda, en algún lugar de la memoria, la nostalgia por el territorio que dejaron. Que se traduce en añoranzas de personas, costumbres, comidas y, claro, de lugares.

No hay cifras oficiales de cuántos nacidos en Capital y el GBA emigraron, pero sí estimaciones globales de la cantidad de argentinos que viven en el exterior: 1.053.000, el doble de los que había cuando volvió la democracia. La última crisis económica empujó a muchos a hacer las valijas. "La gente que emigró conserva un sentimiento ambivalente porque muchos se fueron enojados con el país, pero guardan afecto por su ciudad. Extrañan los espacios por los que andaban, el café, la cuadra, el barrio", asegura Diego Malamed, un periodista que entrevistó a más de 200 exiliados para su libro "Irse". Aquí, nostalgia de porteños que no olvidan los lugares donde construyeron su historia.

"Uno extraña en proporción al motivo por el que se fue. Yo me fui por el trabajo de mi marido, y los primeros tiempos extrañé horrores. Me fui acostumbrando, pero hay cosas que uno no deja de añorar por más que pasen los años". Cristina Lamazares (56) vive en España desde hace 21 años. Conoció a Rodolfo en la empresa que construía las autopistas porteñas, y el periplo de la familia siguió por Madrid, Valencia y Barcelona, donde ahora está instalada. De vacaciones en Buenos Aires, Cristina no deja de despuntar el "vicio" que más la atrae: el teatro. Ya fue a ver a Les Luthiers y "El graduado", y no quiere volverse sin llevarse en su valija el "Enrique IV" que Alfredo Alcón representa en el San Martín. "Aquí hay mucha oferta cultural, de teatros oficiales e independientes. Y el Colón: de pequeña, podíamos no irnos de vacaciones, pero mi padre nos llevaba a mí y a mis hermanas a la ópera", recuerda.

Para Cristina, la diversidad cultural es un distintivo de la Ciudad. "Tengo dos hijas. A la mayor, Paula, la crié aquí. A la menor, Isa, en España. Y la mayor tuvo mejor formación. Aquí, sin un duro, la llevaba todos los fines de semana a ver teatro infantil de calidad. En España, las obras para chicos son todas comerciales: hemos ido a ver un espectáculo de toreros enanos", cuenta.

Una bandera celeste y blanca. Las fotos de cuatro muchachos, rasgos occidentales, con turbantes blancos. Un libro de fotos de Buenos Aires. Un porrón de una conocida marca nacional de cerveza, ésa que invita al encuentro, que está prohibido abrir y que se erige como un tótem de la argentinidad. Esa mixtura se vive en "la casa de los argentinos", que cuatro "compatriotas" tienen en Dubai, en el desierto de los Emiratos Arabes.

¿Qué hacen en Dubai? Fueron por trabajo. Marcos Medina (37, de Ciudad Evita) es piloto de una aerolínea. Jorge del Río (32, Ramos Mejía) y Diego Stuppia (33, Laferrere) son empleados de DaimlerChrysler. Y Andrés Bello (28, de Tierra del Fuego) trabaja en hotelería y se enorgullece de conducir "el único programa latino de radio de todo el Medio Oriente", en la FM Dubai Eye.

Se conocieron allá y rápidamente se hicieron amigos. Tanto, que alquilaron juntos una casa en una ciudad que es una de las más occidentalizadas de los países árabes, porque el 92% de la población es extranjera. Por eso, dicen que fue fácil adaptarse a la comida ("en el supermercado se consigue de todo"), pero que hay sabores que no dejan de extrañar. "Los cañoncitos de dulce de leche que compraba en la panadería San Jorge cuando volvía del boliche, o las empanadas de El Carro, frente a la casa de mis viejos", detalla Marcos. Jorge extraña "una cerveza en los pubs irlandeses de Retiro", y el partido de fútbol cinco en "La Casona", cerca de la estación de Ramos. Y para Diego, hincha de Racing, el Cilindro de Avellaneda no tiene igual, ni en Emiratos Arabes ni en ningún lugar del mundo.

John Argerich lleva un apellido ilustre. Porteño de siete generaciones, este contador difunde lo mejor de su ciudad en el frío de Escandinavia. Vive en Malmö, Suecia, desde 1978, cuando debió irse del país por razones políticas. Y allí abandonó los números para dedicarse a las letras, su verdadera pasión: publicó cinco libros, trabaja como periodista, y tiene una columna quincenal en varios medios europeos en la que les habla a sus lectores "en la entrañable lunfa que mamamos desde el momento de nacer".

Cuando alguien le pregunta qué lugar extraña, John dice que es muy difícil elegir uno. Y empieza a enumerar: "La Costanera, porque siempre sentí obsesión por el inmenso río. El Obelisco, lo más extravagante que tiene mi Ciudad. La magia del Rosedal, donde le robé un beso a mi primera novia. La Recoleta, donde descansa mi madre. El Cabildo, con su enorme sabor de argentinidad". Todas esas cosas intransferibles que él llama "nostridad" y que lo acercan, un poco más, a ese Buenos Aires tan querido.

Para muchos emigrados, la añoranza se encuentra con la nostalgia de la infancia. Alejandro Mellincovsky recuperó esos sentimientos al crear www.lascalesitas.com.ar, el primer sitio de Internet dedicado a las calesitas porteñas. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y en Historia, hace seis años que está radicado en Tel Aviv. Y, además de la calesita de Jean Jaures y Córdoba y de la cancha de Atlanta, destaca de Buenos Aires su geografía urbana. "Uno puede ir de una punta a la otra sin cruzar ningún límite, va a lo largo de una continuidad urbana sin encontrarse con un paisaje monótono. En la mayoría de las ciudades del mundo uno no dice 'voy al centro' sino 'voy a la ciudad', porque la diferencia del centro político y comercial con los barrios es abismal. Eso no pasa allá", analiza.

Tango. Para Buenos Aires, es el emblema que la distingue en el mundo. Para Carina Losano, su sangre. Bailarina y coreógrafa, tiene 33 años y bailó y enseñó tango por todo el mundo. Hoy es la profesora oficial de la Embajada Argentina en Washington, y afirma que poder difundir de esta forma la cultura de su Ciudad es "una responsabilidad y un orgullo". Pero Carina extraña ir a la milonga hasta la una de la mañana y quedarse hasta el desayuno para irse después con los amigos a un café, a charlar y filosofar. La Buenos Aires de sus deseos está inevitablemente asociada al tango: "Mi cuna fue un conventillo, pero de la calle Suárez. Nací en Parque Patricios, me encantaba jugar en el parque, viví en Pompeya y en La Boca, de donde guardo imágenes de las comparsas, las casitas, los festejos de Boca". Y revela dos perlas porteñas que recién descubrió cuando se fue: las charlas de los taxistas y los perros en la calle.

COLABORO: Nora Sánchez

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ESE NO SÉ QUÉ...

Germán Cervetto
gcervetto@clarin.com

Ya lo dice el tango, que algo sabe de añoranzas: las callecitas de Buenos Aires tienen ese no sé qué. Difícil definir el "ser" porteño, esa figura atractiva y esquiva a la vez, que impulsa enseguida a recurrir a las imágenes: el dulce de leche, los mates, los umbrales, los olores, la birra, la mufa, la fiaca, el barrio. Esas cosas que nos nutren son las que duelen cuando se está lejos de casa. Lo que sorprende al leer las historias de emigrados es que mucho de lo que añoran, al estar aquí no se valora. Tal vez se pueda disfrutar más de lo nuestro, y no sufrir tanto, otro distingo bien de esta ciudad. Como volver. Ya lo dice el tango.


ORIGINAL: http://www.clarin.com/diario/2005/10/09/laciudad/h-05815.htm


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