
La ciudad recibe cada vez más turismo gay. Seducidos por precios que los favorecen, los visitantes dicen que acá encuentran un trato amigable y opciones para pasarla bien.
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Un paseo por Puerto Madero. Los barrios más populares del circuito gay son San Telmo y Palermo.
Leonardo Torresi
ltorresi@clarin.com
O h, It's over , se terminó, dice Patrick Hatley, de San Diego, sobreactuando la queja. En dos minutos tendrá que cruzar la avenida Santa Fe hasta el departamento que alquiló estas dos semanas, cargar las valijas y, acompañado con celo de oficio por su guía personal, salir rumbo a Ezeiza. Antes, sorbe por última vez de su taza de café. Patrick está de perfecto humor. Cuando el viaje se termina no es el peor momento del viaje. Queda, al cabo, la expectativa propia del regreso: en unas horas, otra vez en casa, será la hora de contar la experiencia, mostrar las fotos, repartir los regalitos; parte del viaje también. Su flamante chaleco de cuero argentino se lo llevará puesto, y la billetera de pecarí ya cumple funciones en el bolsillo trasero del jean. Pero lo mejor que se lleva son algunas sensaciones intrasferibles. Como aquella sorpresa del restorán gay, cuando pidió pimienta, y el mozo se la sirvió, pero no fue del modo tradicional. No: lo abrazó tiernamente por la espalda, y así, sobre sus hombros, accionó el pimentero sobre el plato.
Otra noche, otro lugar, las 0.30, esto recién empieza. Mark y Francesco ocupan una de las mesas de La Marshall , milonga gay del centro. Están fusilados de cansancio; que la noche de Buenos Aires arranque tan tarde es una verdadera curiosidad –y luego un problema– para los turistas extranjeros. Precavidos, ellos aprovecharon el tiempo y más temprano tomaron una clase privada en el hotel donde se alojan, un cinco estrellas tradicional.
"Acá hablan en español, pero por momentos sentís que estás en París", arriesga Mark, de Filadelfia, luchando contra el sueño con todos los músculos de la cara. Más locuaz, o apenas más entero a esta hora, Francesco cuenta sobre un buen señor taxista que anoche supo bien dónde llevarlos cuando entendió qué estaban buscando. Es su cuarta vez en Buenos Aires, pero la mejor, porque es la primera con Mark. Francesco es neoyorquino, hijo de portuguesa y portorriqueño. Ahora se sirve cerveza argentina. Está muy a gusto. "Buenos Aires –concluye– es un buen lugar para la gente gay, definitivamente."
Y así parece que es, y el motivo es múltiple. Los precios, baratísimos al cambio, atraen mucho. Pero eso corre para todos los turistas, claro, y funda el boom global del turismo extranjero desde la devaluación. Que la ley de Unión Civil de homosexuales posicionó a la ciudad, es otro dato. Pero, se sabe, tampoco se trata de viajar para unirse ante la ley. ¿Entonces? Entonces, que Buenos Aires es una ciudad con un aceptable nivel de tolerancia frente a las elecciones sexuales; que ya hay más de 200 bares, restoranes y negocios para el público gay; o al menos, friendly , amigables con la comunidad. Que es difícil que un hotel de categoría niegue una cama matrimonial a un pareja del mismo sexo; que ya hay un puñado de alojamientos exclusivamente gays; que el año que viene se abrirá en San Telmo el segundo 5 estrellas gay del mundo.
¿Algo más? Bueno, al fin y al cabo la capital argentina tiene una Casa de Gobierno "de sugerente color rosa" y su gran símbolo es "una mole fálica de 67,5 metros de altura". Certera observación de la revista Destino Zero , prestigiosa publicación europea del rubro, que puso en la tapa a una pareja de bailarines –hombres– de tango. Y definió a Buenos Aires, sin atajos, como "la nueva meca del turismo gay".
No hay cifras oficiales y es justo: nadie le pregunta a los pasajeros por su orientación sexual. Pero las autoridades del área de Turismo de la Ciudad señalan que la llegada de visitantes gays es creciente y que se trata de viajeros muy codiciados por el negocio local. En la federación internacional que nuclea a las agencias especializadas (IGLTA) se animan con un número: sostienen que los turistas gays superan el 10 por ciento del total.
NOCHES PORTEÑAS
Empezará tarde, pero en Buenos Aires hay noche casi toda la semana, y eso pesa. "A los gays que viajan les gusta mucho la noche –apunta Carlos Melia, de la agencia Pride Travel–. Sobre todo a los que vienen solos, que buscan más la diversión y, además,conocer a alguien."
En la ciudad hay muchos lugares donde intentarlo. En la guía bilingüe GayBA 2006 figuran más de 50 restoranes, bares, pubs tipo pre-dance y discos perfectas para el público gay. Palermo, San Telmo y el centro son las zonas más pobladas por estos locales.
Una referencia bien cool del circuito es el restorán Chueca , en la calle Soler. De afuera nada indica que se trate de un reducto gay, pero adentro –y no deja de ser un extraña escena para los ajenos al circuito– no hay una sola mesa mixta. Muchas parejas de hombres, mayoría, y algunas chicas en grupos. "Hay días que son todos turistas, casi no se habla español", describe Federico Serrat, autotitulado cabeza de león de las relaciones públicas gay, dueño del restorán que tomó el nombre del barrio gay de Madrid.
En Chueca corre el Chandon 187 –dicen que es la bebida gay top– y los platos elaborados, a tono con el público exigente. Sobre la medianoche se produce un recambio, incluso generacional, y nace un clima de bar. Junto a la barra, David, de Australia, saluda a un viajero español que tiene muchas ganas de hacer sociales.
La velada incluye un show de humor. "Chicas lesbianas ¡Tortas! ¡Me encantan!", grita, delicado, un transformista vestido de monja, mientras intenta robarle alguna frase a una rubia de Finlandia que ríe de pura cortesía escandinava. Lo que sigue, y se anuncia, es la ducha : a saber, un tipo depilado que baila robótico adentro de una cabina; cada tanto moja el vidrio con un duchador, y –aquí la gracia– se va quedando en una especie de tanga, y después con nada, pero en esa instancia apenas de espaldas. No podremos dar fe del alcance de sus méritos.
"Los gays vienen a Buenos Aires porque acá están los chicos más lindos", dispara, sin desmarcarse, el RR.PP. Gabriel Di Biaso, anfitrión en Alsina Buenos Aires , megadisco gay a metros de la 9 de Julio. Es la próxima parada después del restó, ya pasadas las dos de la mañana. En la disco hay un 90 por ciento de hombres, entre ellos un considerable número de turistas extranjeros. Más champán, energizante con vodka, mimos y besitos sin drama. En el baño, donde cada tanto entra algún titán con el torso desnudo, no falta el hombre que cuida y, en este caso, entrega algunos chupetines multicolores, casi como la bandera de la comunidad. "En las discos gay nunca vas a ver una pelea. Es un ambiente tranqui", resalta Federico Serrat, también hombre imagen de Alsina , vendiendo lo suyo.
Las chicas –minoría– también están en grupo. Las turistas no escapan a la regla. "Es raro que las mujeres viajen solas. Vienen en pareja y es muy común que viajen en grupos de amigas", cuenta Luciana Páez, de Viajeras.net , una agencia que tiene su fuerte en el turismo lésbico.
Las mujeres apenas suman el 20 por ciento de todos los viajeros gays que vienen a Buenos Aires. Y la diferencia de requerimientos es clara. Se hospedan en hoteles comunes, y en general acceden a los de 4 o 5 estrellas, no por que busquen lujo, sino por los conocidos favores del cambio. "No se fijan mucho porque casi siempre se quedan poco en Buenos Aires. Se van para el interior. Están más interesadas en el contacto con la naturaleza", explica Luciana Páez.
La noche no es un gran atractivo para ellas. Ni las visitas a los shoppings. "Jamás le vendí un tour de compras a una mujer", sostiene la coordinadora de Viajeras .
Con los hombres es lo opuesto. Se quedan más tiempo en Buenos Aires y son minuciosos a la hora de elegir alojamiento. Muchos buscan lo que llaman hotel boutique, lugares con 5 o 6 habitaciones con detalles de diseño o –según el gusto– guiños de estilo.
Además, mueren por la pilcha. El año pasado hubo en Buenos Aires un simposio internacional de turismo gay, y la subsecretaría de Turismo porteña lo aprovechó para hacer un encuesta. Y la ropa, con un 31 por ciento, estaba a la cabeza de lo que habían comprado los concurrentes durante su estadía. Si bien no estuvo dirigido estrictamente a turistas, ese estudio sirve para aproximarse a una idea sobre el perfil de los viajeros gays que llegan a Buenos Aires. El 48 por ciento provenía de los Estados Unidos, el 85 por ciento se había alojado en hoteles de más de 4 estrellas y el gasto diario (incluidas excursiones y entradas de discotecas) promediaba los 438 pesos.
DE FRENTE Y DE PERFIL
Cuando hablan de un turista extranjero gay modelo, los operadores del rubro describen a un hombre de treinta y pico de años, sin obligaciones familiares, buen pasar económico y tiempo disponible para moverse. Calculan que, en promedio, gastan un 25 por ciento más que los turistas heterosexuales. A las parejas las denominan con la sigla DINK, que significa doble ingreso, sin chicos ( double income, no kids ).
"No tienen temporada para viajar y como normalmente no tienen hijos ni una familia para mantener, dedican muchos recursos al ocio y a la salud", refuerza Carlos Melia, representante en Sudamérica de IGLTA, la federación de agencias de turismo gay/lésbico.
Héctor Gómez, español, parece ajustarse bastante bien a ese perfil. Tiene 36 años, es director de marketing, lo apasiona la arquitectura colonial y ha recorrido bastante mundo. Es su tercera vez en Buenos Aires y, se ve, el entusiasmo sigue intacto. "Me gustan las ciudades grandes para mis vacaciones –cuenta a Viva –. Buenos Aires tiene fama mundial de ser una metrópoli fascinante para descubrir. Y no defrauda: salvando las distancias, puede ofrecer los mismos atractivos que Nueva York o Madrid."
Primero vino con amigos y con la pareja que tenía en ese momento, pero esta última vez volvió para ver a la gente que conoció acá. La diferencia que advierte con la principales ciudades europeas es que en Buenos Aires no hay un barrio exclusivamente gay. Y tampoco hay muchas opciones diurnas.
"Igual, es un país bastante relajado con el tema gay. Uno se siente muy cómodo siendo gay en Buenos Aires. No he notado ningún tipo de homofobia".
Bermudas en una tarde fresca, de oficio promotor de fiestas, Daniel D'Andrea, 28 años, de Nueva York, viajó para pasar cinco días en Buenos Aires. "Yo vine porque me gusta Evita", simplifica. Como la mayoría, supo de Eva Duarte por Madonna, su verdadera ídola. Es su primera vez en Argentina, cuenta que viene de pasar una noche intensa, planea una visita a las Cataratas y parece encantado con todo: "Quería venir a Latinoamérica y me recomendaron este lugar como algo diferente. Sabía poco de la gente pero me gusta mucho. El problema es que todo empieza muy tarde. Fui a las 12 de la noche a una disco y era el primero".
Daniel conversa con Viva en el hall del Argentina Gay Hostel (claritos los tópicos), su lugar de alojamiento. En la ciudad hay cinco establecimientos de estas características, que funcionan con el sistema de bed & breakfast ( cama y desayuno ).
Este lugar, en Viamonte al 1200, tiene una puerta de vidrio con la inequívoca banderita multicolor que identifica ala comunidad y es una opción económica, con habitaciones con baños compartidos. Eso no quiere decir que todos sus pasajeros sean mochileros con pocos recursos.
"Hay turistas de buena posición que podrían pagar perfectamente el Hilton . Pero acá pueden conocer gente y se sienten más cómodos", pondera Claudia Alfie, la dueña. No tenía experiencia hotelera, pero decidió explorar el rubro. Hace cuatro meses armó el hotel en dos pisos donde antes había oficinas. Por el momento es sólo para hombres, por un simple detalle: las áreas de duchas son compartidas. Ahora se les ocurrió poner espejos por todas partes. "Los gays son muy coquetos. Andan mirándose todo el tiempo en los vidrios", cuenta Ricardo Volcovinsky, el marido de Claudia. Admite que él mismo desembarcó en este negocio cargado de prejuicios. Pero más allá de algún chistecito que aún se permite, ya logró despojarse de ellos. "El ambiente es muy tranquilo. Nadie se pasea desnudo por los pasillos", se alivia.
Pero tampoco la exageración, y entonces no hay objeciones si algún pasajero se equivoca voluntariamente de puerta de habitación o si quiere traer algún acompañante. Eso sí: deberá registrarlo como un pasajero más.
Como el mundo gay es recontraciber, servicios como Internet inalámbrico son fundamentales. También hay otros detalles, como las líneas telefónicas privadas. A muchos nos les haría ninguna gracia que alguien que desconozca su inclinación sexual les haga un llamado y en el conmutador respondan: "Hostel gay, buenas tardes".
Ahora, justamente, suena el teléfono en el hostel de Viamonte. Claudia atiende, pero quien llama le pide que la disculpe, pero se siente un poco incómodo expresando su inquietudes a una mujer. Cero drama. Fernando Villar, recepcionista, se hace cargo de la consulta.
Para el negocio, lo ideal es que los empleados también sean gay. Y así sucede en la mayoría de los casos, tanto con los guías turísticos, como con el personal de los bares, restoranes y los hoteles.
"Hay una mejor comunicación –explica Fernando, el recepcionista –, porque nosotros estamos en la misma frecuencia y sabemos recomendarles lugares. A mí me pasa que muchas veces voy con los compañeros de trabajo a una disco y digo Uy, mirá, ahí está el de la 12. "
DEPARTAMENTO PRIVADO
En Callao, entre Arenales y Juncal, hay un edificio con mucho vidrio, rotundo aspecto de edificio de oficinas; hay, efectivamente, muchas oficinas, pero 36 de los departamentos cumplen otro fin social: alojamiento de nivel exclusivo para turistas gays.
"Nos eligen porque combinan la privacidad y la libertad de manejarse con los servicios de hotel que brindamos", dice Facundo Yebne, de Friendly Apartments . La empresa tiene, en total, 70 departamentos, repartidos entre Recoleta y Barrio Norte. Facundo invita a conocer uno: es una pinturita de diseño, detalles modernos y colores diáfanos, con una cama matrimonial tan ancha como pueda ser una cama, frente al gran ventanal. En el edificio no faltan la pileta, el spa y el gimnasio, requerimientos normales del público gay con cierto nivel económico.
Los turistas que viajan solos se quedan un promedio de 8 a 10 días. "Pero hay parejas de gente grande que se aloja por dos o tres meses. Son jubilados que acá pueden vivir con un mejor calidad de
vida", explica Yebne.
Un dato interesante: como viene sucediendo también con los pasajeros heterosexuales, hay cada vez más turistas gays que, después de conocer Buenos Aires, terminan comprando un departamento. Quedan encantados con la ciudad pero, además, les resulta una buena inversión: dos o tres meses lo usan para pasar su vacaciones y el resto del año lo alquilan a otros turistas.
El tango llama y los turistas gays acuden. Es una cita obligatoria; un completo despropósito volver del viaje sin alguna experiencia bailarina.
Para eso están las milongas especializadas, como La Marshall , en un primer piso de Maipú al 400. La
clase arranca casi puntual a las 22.30. De diez alumnos, cuatro son extranjeros. Primero caminan alrededor de la pista, después bailan.
Con un irreprochable argumento –"el tango es un baile social" – el profe Augusto Balizano, pantalones amplios, remerita sin mangas, obliga al cambio de parejas. Todos acatan, alguna mirada celosa viene detrás, pero la clase marcha bien.
Los alumnos se desordenan, pero algo van asimilando. Siempre hacen falta más clases. "Los europeos vienen a aprender de un manera más concienzuda. Los estadounidenses viene más para cumplir con el estereotipo", dice el profe Augusto.
Después de la clase, sigue la milonga libre, hasta las cuatro. Mark y Francesco atraviesan la cortinita roja y se acomodan en una de la pocas mesas libres. Se conocieron en Los Angeles, hubo rápido impacto, pero ésa es otra historia.
El tango puede ser un gran pretexto para conocer gente. Y eso suele ubicarse entre las prioridades de los turistas gays. Pero ¿suelen pagar por sexo? Los operadores turísticos dicen que hay que separar
la aguas: relacionarse, sí. Pagar, en la misma proporción que cualquier otro turista.
"Por la dudas, nosotros siempre aclaramos que no comerciamos sexo", dice, tajante, Alfredo Ferreyra, de Buegay , agencia de viajes y servicios turísticos. Cuenta que la cantidad de pasajeros viene en franco ascenso en los últimos dos años. "De 2004 a 2005 la demanda de servicios subió un 40 por ciento. Y en el 2006 la tendencia viene muy bien. Este verano fue muy bueno", se entusiasma.
Las empresas buscan ofrecer servicios personalizados. El público gay, exigente y, en general, con dinero para solventarlos, los valora mucho: se siente protegido y, sobre todo, informado sobre los circuitos. Es muy común que los viajeros pidan un guía personal bilingüe y gay. Hay city tours diurnos donde se recorren los puntos de interés tradicionales: La Boca, San Telmo, la Plaza de Mayo, Puerto Madero, Palermo. Pero con un valor agregado: los guías van marcando los sitios gay, para que más tarde los turistas se puedan manejar solos o con la ayuda de algún mapa gay, que abundan. El gay venue , mientras, es una salida nocturna que incluye la cena en un restorán del circuito, la visita a un pub y la entrada a la disco.
Aunque hay mucho viajeros que llegan con tours que combinan con Río de Janeiro (tradicional destino gay en América latina), en las agencias de turismo especializadas sostienen que últimamente
Buenos Aires viene desplazando a la ciudad brasileña porque está considerada más segura y con mayor atractivo arquitectónico y cultural. Río, sostienen, es playa y diversión.
Los turistas estadounidenses están a la cabeza de los que llegan. Cerca, los europeos –españoles, holandeses –; también vienen muchos asiáticos –coreanos, japoneses– y australianos. Entre los latinoamericanos, abundan los viajeros mexicanos. Y cada vez se ven más centroamericanos. Como Jonathan Sandoval, odontólogo salvadoreño, 35 años, que está por primera vez en Buenos Aires. Vino solo, recorrió con ahínco el circuito, restoranes, discos, saunas, y quedó más que contento. "Todo está muy barato, la comida, el alojamiento, todo", celebra. Y dice que se está guardando algo de resto para seguir buscando "chicos lindos". O, mejor todavía, "señores lindos", ya que los prefiere maduritos.
ADIVINA ADIVINADOR
Es muy fácil saber si cinco hombres que están en un un bar son hetero o son gays, teorizan en la comunidad. Si sobre la mesa hay cuatro cafés, y a lo sumo un cortado, sin dudas son hetero. Si piden un capuchino, un cortado, un irlandés, un expreso, un italiano –cada cual una variante distinta–, entonces son cinco gays.
Café de todo tipo y cada tipo en un tamaño y color distintivo de taza sirven en el café de Barrio Norte donde Patrick ya añora su experiencia con el pimentero. Retirado, ex operador inmobiliario, ex dueño de florerías, tiene 62 años y una respuesta atlética óptima, que le permitió caminar como poseído para captar cada detalle de la ciudad. Recorrió el circuito gay, y también se sentó en las mesas de los restoranes donde es raro ver a turistas. "Rodeado de americanos ya estoy donde vivo", se excusa, en un aceptable español que mejoró en unas clases que tomó en Buenos Aires. "Los hombres argentinos son muy guapos", dice. "Y las mujeres también", caballero al fin.
